Lo del sábado pasado nos expuso a todos, nos dejaron en evidencia a todo el pueblo argentino. Acá no se trata de camisetas rojas y blancas o azules y doradas, acá se trata de nosotros, de que una vez más perdimos como país.

El hinchismo debe dejarse de lado, hace tres años le pasó a River y el sábado le pasó a Boca. Es la misma situación pero tratándose de otro club. No hay diferencias.

Hoy se toma valor porque hubo heridos, pero este constante sufrimiento se vive día tras día en el futbol sudamericano: le pasó a San Lorenzo en Temuco y a Independiente en Brasil. Podría seguir mencionando casos pero estos son los hechos más cercanos.

¿Tiene que morir alguien para que alguien se haga cargo? Y no exagero, el sábado si no agarraban el volante del micro (ya que el chofer quedó inconsciente por un proyectil) que llevaba al xeneize, podría haber terminado en tragedia porque el bus iba a una gran velocidad.

¿Qué culpa tiene un club cuando paga el operativo correspondiente para que cumplan la función de cuidar la seguridad de un plantel? Ninguna. El club debería quedar ajeno a cualquier sanción, ya que, no puede hacerse cargo de algunos inadaptados que lo que menos les interesa es el escudo.

Así bien, como digo esto también digo lo otro: Viajemos en el tiempo, más precisamente al 14 de mayo de 2015 cuando un hincha o barra roció de gas pimienta a todo el plantel de River y no pudieron jugar los segundos 45 minutos. Bien suspendido el partido. ¿Qué tiene de distinto esto? Si Boca cuenta con su capitán con una ulcera en la cornea y con muchos heridos/lesionados en el equipo. Ninguna. Esta Superfinal también debería ser suspendida. Porque este fallo distinto, genera ese interrogante de porque si a Boca lo suspendieron y no a River.

Algunos hablan de  que fue dentro de la cancha y que no había tiempo de recuperación para los jugadores del plantel millonario. Acá no fue dentro pero fue en  los alrededores y las reglas son muy claras, el club debe hacerse cargo de sus aficionados y las inmediaciones. Además, tampoco tenían tiempo de recuperación, ya que, es el día de hoy que Pablo Pérez sigue con tratamientos oftalmológicos.

Como en aquel recordado 2015 no se pudo jugar el partido, hoy en 2018 debería ser de la misma forma. Y si la decisión de la impresentable Conmebol es jugar el partido, Boca no debe presentarse a jugarlo y debe dejar expuesto a River, La Conmebol y a los que estén a favor de que jueguen esta Superfinal solo por intereses propios.

Boca no teme luchar, jamás, pero hay una bandera de un hicnha que lo deja muy clarito: “No quiero la copa. Quiero a los jugadores. No vayan a River”.

Hoy la obsesión por la séptima quedó opacada por angustia y acongojo. El futbol es alegría y Boca es una pasión pero todo tiene un límite.  Esta final tenía todo para ser la mejor del mundo y se convirtió en la peor de la historia. El futbol debe ser una herramienta de espectáculo y distracción entre tantas cosas malas que pasan. El futbol se manchó una vez más y lo más triste es que no será ni la primera ni última vez.

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